Análisis de CEAZA retrata cómo las antiguas sociedades enfrentaron períodos de estrés ambiental en Chile

Desierto de Atacama, Chile

El Dr. Antonio Maldonado, investigador de CEAZA, explica sobre evidencias arqueológicas y paleoambientales de algunos puntos del país para comprender cómo las comunidades humanas respondieron a cambios climáticos ocurridos durante el Holoceno. Las conclusiones muestran que la adaptación fue una constante, pero también que tuvo límites.

¿Cómo respondían las antiguas sociedades cuando el clima cambiaba drásticamente? ¿Qué ocurría cuando la disponibilidad de agua disminuía o un territorio dejaba de ofrecer los recursos necesarios para subsistir? 

Estas son algunas de las preguntas que aborda el artículo “The Impact of Paleoclimate Research and Historical Ecological Studies on South American Archaeology”, publicado en The Oxford Handbook of South American Archaeology.

La investigación muestra que las variaciones climáticas han sido una constante durante el Holoceno, período que comenzó hace aproximadamente 11.700 años. A través del estudio de registros ambientales y arqueológicos en zonas como Los Vilos, el desierto de Atacama y la Patagonia, donde identificaron distintas estrategias de adaptación implementadas por las comunidades humanas frente a períodos prolongados de estrés ambiental.

“Todos los casos muestran que existe resiliencia, pero solo hasta cierto punto. Hoy tenemos muchas más herramientas tecnológicas para mantenernos en los mismos lugares. Pero probablemente llegará un momento en que ya no serán suficientes. Hoy escuchamos mucho que la tecnología solucionará todos los problemas. ¿Hasta qué punto?”, señala Maldonado como una de las principales reflexiones en el tema.

Dr. Antonio Maldonado

Zona norte y períodos de aridez

“Lo que muestra el registro ambiental comparado con el arqueológico es que llega un momento en que la estrategia deja de funcionar y hay que cambiar. Por ejemplo, en el desierto de Atacama se desarrolló agricultura en la Pampa del Tamarugal durante periodos de mayor humedad”, describe el especialista. 

No era un periodo constantemente lluvioso; había variabilidad. Aun así lograron mantener esos sistemas. Cabe destacar, sin embargo, que durante el periodo de mayor aridez la Pampa del Tamarugal aparentemente quedó deshabitada, evidenciando que hay condiciones en que la humanidad está obligada a migrar.

Según Maldonado, existe una memoria cultural. “Hace unos 150 años hubo un periodo un poco más húmedo y la gente volvió a ocupar esos espacios para sembrar. Hay relatos de familias que bajaban a instalarse nuevamente. Incluso existen sitios arqueológicos donde aparecen campos de cultivo mucho más recientes construidos sobre ocupaciones prehispánicas”, detalla.

Por otro lado, en la costa de Los Vilos, durante períodos de mayor aridez los grupos cazadores-recolectores ampliaron sus áreas de movilidad, fortaleciendo sus vínculos con los valles interiores y la cordillera para diversificar la obtención de recursos.

“Durante esos periodos se ve más conexión con los Andes y con los valles interiores. En periodos previos todo parece ocurrir pegado a la costa. Entonces, una posible hipótesis es que, en este periodo de estrés ambiental, las sociedades están complementando su vida y la obtención de recursos con relaciones hacia el interior. Quizás la costa ya no es suficiente para mantenerse y tienen que ampliar su rango de movilidad y su nicho”, explica.

El caso de la Patagonia

En la Patagonia también se registran modificaciones en los patrones de ocupación del territorio asociadas a cambios en el paisaje.

“En el extremo sur vimos un caso un poco opuesto. En un momento en que hay una abertura del bosque, lo que indica el registro de polen fósil, las sociedades que viven en la estepa patagónica entran más hacia el oeste. No sabemos si la gente quería entrar más al oeste y abrió el bosque, o si el bosque se abrió por una condición natural y la gente aprovechó esa abertura”, indica Maldonado.

En suma, estos casos muestran que las comunidades fueron capaces de ajustar sus estrategias frente a escenarios cambiantes, aunque esa resiliencia no era ilimitada. En este sentido, comprender cómo respondieron las antiguas sociedades frente al estrés ambiental permite poner en perspectiva los desafíos actuales y fortalecer la toma de decisiones en un contexto de creciente variabilidad climática.