
Mientras observamos ríos crecidos, embalses recuperándose y cerros nuevamente verdes, es fácil pensar que el agua ha regresado para quedarse. Pero la historia del territorio cuenta algo distinto.
Los registros ambientales y arqueológicos muestran que el clima siempre ha cambiado. Chile ha atravesado largos periodos de mayor humedad y también extensos ciclos de aridez. Sin embargo, estos procesos se miden en siglos o incluso milenios, contrario al que vivimos actualmente caracterizado por la velocidad acelerada en que estamos observando cambios en el ambiente.
Mirar el pasado permite comprender cómo respondieron quienes habitaron este territorio antes que nosotros. Las sociedades cazadoras-recolectoras modificaban sus rutas, ampliaban sus áreas de movilidad y diversificaban la obtención de recursos cuando el ambiente cambiaba. En otros lugares, simplemente abandonaban aquellos espacios que ya no podían sostener la vida. La adaptación existía, pero no era infinita.
Esa quizás sea una de las lecciones más relevantes para el presente.
Con frecuencia depositamos nuestra confianza en que la tecnología resolverá cualquier desafío ambiental. Frente a la escasez hídrica pensamos en desaladoras; frente a nuevas demandas, en más infraestructura; frente a cada crisis, en una solución técnica que permita mantener intacta nuestra forma de habitar el territorio. La innovación es una herramienta indispensable, pero también es válido preguntarse hasta dónde puede reemplazar los límites que impone la naturaleza.
Las sociedades del pasado no disponían de nuestra tecnología, pero sí comprendían que, cuando un ecosistema dejaba de sostenerlas, debían modificar su forma de vivir. Nosotros, en cambio, solemos intentar que el ambiente se adapte a nuestras necesidades antes que adaptar nuestras decisiones al ambiente.
Las lluvias de este invierno representan un superávit de agua. Alivian una sequía prolongada, recargan acuíferos y entregan un respiro a los ecosistemas. Pero convertirlas en una señal de que el problema terminó sería repetir un error que nace de observar solo el presente.
Quizás el verdadero aprendizaje no está en preguntarnos si este fue un año lluvioso o seco, sino en desarrollar una mirada más amplia. Una que entienda que el clima cambia, que hay variabilidad climática de corto y largo plazo,que las sociedades también cambian y que la resiliencia, como muestra la historia ambiental de Chile, siempre tiene un límite.


